Chile: Digitalización y licencia social de la minería

La minería ha visto grandes transformaciones tecnológicas durante las últimas décadas, principalmente en materia de tamaño de sus equipos. Sin embargo, la apuesta por el “gigantismo” parece haber llegado a un punto donde seguir creciendo en tamaño se torna cada vez más difícil y riesgoso.

Un artículo del Mining Journal de hace ya 3 años predice que la demanda de servicios basados en la nube, el “Internet of Things” y los nuevos softwares de visualización, simulación y optimización influirán en la industria minera “durante los próximos 5 o 10 años”, y que el uso cada vez mayor de equipos autónomos y controlados remotamente será el desarrollo más importante.

Esta escalada tecnológica traerá los beneficios señalados, y esto es imparable, además de deseable. Pero también, la tecnologización tendrá un impacto importante en aspectos que tienen que ver con el “valor compartido” de la actividad minera: en materia de PIB y el multiplicador de la inversión minera; en materia de retornos para el Estado por la vía de impuestos y royalties; y, muy especialmente, en materia de número y calidad del empleo requerido por las faenas mineras.

Tal como lo señala la publicación “¿Explotando un Espejismo?”, la adopción de dichas tecnologías debiera alcanzar un peak alrededor del 2030 y debiera acarrear, junto a la modificación radical del perfil de los trabajadores requeridos, una reducción tremenda de la mano de obra. La reducción del número de empleos, fruto de la adopción de este tipo de tecnologías, especialmente la automatización y el control de procesos, puede ir desde 20% hasta 70% de la fuerza laboral directa e indirecta, dependiendo del tipo de faena.

Por otra parte, tanto la teoría del “valor compartido” como la experiencia empírica en el entorno de varias faenas mineras chilenas nos señalan, que la “licencia social para operar”, y en concreto la actitud favorable de los habitantes de los territorios mineros respecto de las empresas que ahí operan, depende de la impecabilidad en materia ambiental como condición higiénica. Pero de ahí en más depende primordialmente de la cantidad de empleo local que dichas empresas generen.

La pregunta que surge es obvia, y debe ser respondida por las empresas mineras, por sus sindicatos, pero también por las autoridades de gobierno: Si la licencia social de la minería ya es débil en Chile, y el advenimiento del futuro descrito -más tecnología y menos empleo- es inminente, ¿cómo enfrentaremos esta situación? Las respuestas van desde las políticas de empleo y reconversión hasta la redefinición del marco inversional para la minería, pasando por la alteración de los regímenes tributarios para favorecer la mano de obra o para compensar su reemplazo. Pero una de las respuestas más obvias es que se requiere, en forma urgente, impulsar el emprendimiento y la innovación en la cadena de valor de la minería. Más proveedores, cada vez más sofisticados. Esta es una de las fórmulas más plausibles, para enfrentar el mundo minero que se viene y fortalecer su convivencia con el país y las regiones mineras. El gobierno y varias compañías mineras y de proveedores están impulsando, con el Programa Alta Ley, una serie de líneas de trabajo en este sentido. Pero el desafío es grande y requiere de respuestas más veloces y más radicales.

La Tercera


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