La Unión Europea no está preparada para la crisis política que vive España

El proyecto europeo se basa en la idea de que la UE es un “espacio seguro” para los valores liberales. En cuanto un país ingresa al club se supone que deja afuera su viejos conflictos, ya sean internos o externos.

La UE cree que la resolución pacífica de las disputas es fundamental, y respalda esa creencia en compromisos básicos asumidos hacia la democracia, el estado de derecho y la economía de mercado. Se supone que los temas vinculados a la soberanía nacional también pierden su urgencia dentro de la UE, donde supuestamente las decisiones se toman a nivel regional, nacional o europeo, según corresponda.

Pero ¿qué sucede si todo eso no es tan así? El deseo de independencia de Cataluña demuestra que cuestiones de independencia y soberanía todavía pueden agitar la sangre en la Europa moderna. También está la posibilidad de que la crisis pueda conducir a hechos de violencia entre el gobierno central español y las fuerzas separatistas en Cataluña. Eso pondría en duda la tradicional posición de España como uno de los principales ejemplos de los beneficios del proyecto europeo.

España se incorporó a la UE en 1986 y desde entonces ha sido evidente en Bruselas y Madrid que las transiciones en España de dictadura a democracia, del aislamiento al internacionalismo y de la pobreza a la prosperidad, estaban íntimamente relacionadas con su decisión de unirse a la UE.

Pero si el estado español entra en una prolongada y peligrosa crisis, esta historia feliz se verá amenazada por un giro inesperado de la trama. La imagen de la UE como garante de la paz y la estabilidad dentro de Europa también se vería dañada. Por esa razón, la actual situación en España podría eventualmente representar para la UE un desafío aún mayor que el Brexit.

Sin embargo, por el momento la UE parece tener pocas opciones más que observar impotente desde afuera. En una reciente asamblea del Consejo Europeo, que reúne a los jefes de gobierno de las 28 naciones de la UE, Angela Merkel intentó iniciar una discusión sobre Cataluña. Pero el primer ministro de España Mariano Rajoy restó importancia a la canciller alemana y ninguno de los otros líderes se mostró dispuesto a presionar con el tema.

La UE es un club de naciones estado y España, a diferencia de Cataluña, es un miembro y forma parte de la mesa de discusión dentro las instituciones clave. Por lo tanto, si bien varios líderes europeos en privado tienen dudas sobre el manejo de la crisis por parte del gobierno español, por considerar que hubo mano dura, son reacios a expresar sus preocupaciones públicamente. Algunas de las otras naciones que conforman la mesa, especialmente Bélgica e Italia, también temen darles impulso a sus propios movimientos independentistas.

La UE en los últimos cinco años también atravesó varias crisis que han debilitado la confianza. Después de la crisis del euro y del shock del Brexit, el proyecto europeo no puede darse el lujo de tener otro desafío existencial en España.

Hasta que desbordó la crisis española, la red Berlín, Bruselas, París que domina el pensamiento de la UE venía teniendo un muy buen 2017. El acontecimiento clave fue la victoria de Emmanuel Macron en las elecciones presidenciales de Francia. Esto representó una derrota del populismo en Europa, fortaleció la unidad de la UE y sostuvo la promesa de un acuerdo Macron-Merkel para relanzar Europa.

Para la élite de la UE, el desafío predominante ahora es aprovechar la oportunidad de la presidencia de Macron y revitalizar el proyecto europeo a través de una renovada asociación franco-alemana. Esa posibilidad domina el pensamiento del cuadro de expertos de la UE, tal como observé en la conferencia de Berlín la semana pasada. Hubo horas dedicadas a la cuidadosa discusión de las probabilidades de que haya un acuerdo franco-alemán. Por el contrario, la crisis en España apenas se mencionó. Tampoco hubo gran discusión sobre la propagación del populismo en Europa central, dado que las recientes elecciones en República Checa y Austria han dado impulso a los partidos euroescépticos.

Los problemas centrales de la relación entre Francia y Alemania son importantes y complejos. Pero también son una clase de manta de consuelo porque los contornos del debate son conocidos. La crisis de Cataluña es diferente. Provoca cuestiones que la mayoría de los especialistas de la UE simplemente no saben cómo abordar. Lo mismo ocurre con el crecimiento del populismo antidemocrático en Europa oriental. Y podrían surgir otros desafíos similares. Las elecciones en Italia a principios de 2018 podría mostrar más avances del populismo y de los partidos euroescépticos.

De diferentes maneras, España, Gran Bretaña, Italia, Polonia, Grecia y la mayor parte de Europa central están todos desviándose drásticamente de lo que solía ser la norma europea. En este punto, sólo los países nórdicos, Irlanda, Benelux y los dos grandes de Francia y Alemania se parecen a un “espacio seguro” para el proyecto europeo. La pregunta para la élite de la UE es si un relanzamiento de la asociación franco-alemana es el paso indispensable para salvar el proyecto europeo o es una evasión introspectiva de otros problemas más preocupantes.

A los líderes de Europa les gustaría ignorar la crisis en España. Pero la crisis española puede no ignorarlos.

Cronista

 


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