Darío Judzik: “Nadie quiere poner en juego su capital político para hacer reformas importantes”

Es licenciado en Economía (UTDT) y doctor en Economía Aplicada por la Universidad Autónoma de Barcelona; es investigador en temas sociolaborales; fue consultor para el Ministerio de Trabajo de la Nación; se desempeña como decano ejecutivo y profesor con dedicación exclusiva en la Escuela de Gobierno de la UTDT

“Si tenemos que hablar del contexto macro actual, creo que hay una densa niebla que no te permite ver claramente, y es la inflación”, dice el Darío Judzik, flamante decano ejecutivo de la Escuela de Gobierno de la Universidad Torcuato Di Tella, al analizar la coyuntura argentina. Según el economista, el alza del costo de vida, sin embargo, es un “síntoma” de problemas estructurales.

“Siento que la inflación es una especie de nube de humo muy grande que empaña todo y dificulta la visual. La gente está muy angustiada por eso, cosa que es razonable, porque pierde poder adquisitivo, porque los alquileres aumentan muy rápido y genera mucha confusión en términos de precios relativos. Pero la inflación no es un problema en sí mismo, es un síntoma de un problema mayor, la expresión sintomática de un problema de fondo, estructural, que tiene que ver fundamentalmente con un Estado sin capacidad financiera”, dice el académico en diálogo con LA NACION.

-¿Cuáles son esos problemas?

-Tenemos un Estado que no se puede financiar bien, que tiene sus cuentas desbalanceadas con déficit fiscal, y no puede acceder a financiamiento de otra manera que no sea recurriendo a su propia moneda, y eso desestabiliza mucho la situación. En general, cuando vemos mucha inflación, atrás hay un Estado que no puede funcionar de manera correcta o estable. Hay otros factores que generan alza de precios, por supuesto, como la guerra en Ucrania. También en el mundo hay un poco de inflación, estuvo la pandemia, y no lo vamos a negar, pero detrás de una inflación de tres dígitos como la que hay en la Argentina, hay un Estado con problemas de financiamiento. De hecho, el reciente canje de deuda tiene que ver con esa dificultad. Siento que son medidas que dan tiempo y ordenan un poco el corto plazo, pero si no van acompañadas de decisiones que atiendan los problemas monetarios y fiscales, y los temas de planificación del desarrollo de largo plazo, solo patean los problemas para adelante. Dan un poco de tranquilidad, que no es menor. Para cualquier plan de reforma importante necesitás un poco de estabilidad temporal, porque en la urgencia de apagar incendios no se pueden hacer reformas o impulsar políticas de cambio. Pero no creo que sea este el caso. La gestión actual está buscando llegar tranquilamente a fin de año.

-¿Cómo se arma un plan de estabilización? ¿Qué se necesita?

-En el medio del incendio y el drama social de la inflación alta y las urgencias de corto plazo, es difícil pensar en políticas. Y además hay un problema que nos acompaña hace 12 años y es que nadie tiene la espalda y la capacidad política de enfrentar los problemas de fondo. Los inconvenientes requieren de reformas importantes, que hacen ruido, que tienen efectos distributivos y generarán malestar en algunos actores, pero que son importantísimas para avanzar. Ahí encuentro parte del estancamiento de los últimos 10 o 12 años: nadie quiere poner en juego su capital político para hacer reformas importantes, todos quieren mantener una opinión pública elevada de su gestión. Todas las grandes reformas argentinas que fueron exitosas o tuvieron aunque sea un período de bonanza generaron ruido y movimiento en la sociedad. Dicho esto, es necesario el saneamiento fiscal, el Estado tiene que recomponer su sanidad financiera. El segundo paso es la formalización de la economía, y esto lo digo en muchas dimensiones.

Darío Judzik: «La inflación no es un problema en sí mismo, es un síntoma de un problema mayor, la expresión sintomática de un problema de fondo, estructural, que tiene que ver fundamentalmente con un Estado sin capacidad financiera”.gentileza

-¿Qué comprende?

-Una importante es que, formalizando más empresas y trabajadores, aumenta mucho la base fiscal, y eso te da recaudación y aire para ese saneamiento fiscal que hablábamos antes. El tema de la formalización es muy importante. Se habla mucho de que en la Argentina se pagan muchos impuestos, con alícuotas altas, y que por eso la gente se quiere ir a Uruguay; y en realidad es cierto que son altas, pero porque la proporción de agentes económicos que pagan todos los impuestos es baja, entonces a los que pagan les llegan alícuotas altas. Esto es P x Q: como Q (cantidad) te da baja, levantás P (precio) para tener un nivel razonable, cuando en realidad con la formalización eventualmente podrían bajar algunas alícuotas impositivas y, además, le darías condiciones laborales más razonables a un porcentaje muy elevado de la población que hoy está en situación de precarización importante.

-¿Cuánto depende de lo económico y cuánto de lo político en la estabilización?

-La dimensión más económica de las reformas es lo que decía antes respecto de la estabilización. Si tenés un caos de deuda, con vencimientos en dólares enormes, inflación de tres dígitos, niveles de pobreza altos y gente en la economía popular que no llega a comprar los bienes básicos para la subsistencia, difícilmente se puede pensar en reformas importantes, que encima hacen ruido. Para enfrentar esas complicaciones, desde lo económico, es necesario algún tipo de estabilización que permita las reformas posteriores. Reformas como el Plan Austral en su momento dieron una calma temporal, que podría haber dado espacio a cambios que no se dieron y ahí es donde perdió valor. Creo que hubo ahí una oportunidad perdida. Y, desde lo político, sin consenso social y voluntad política nunca vamos a salir del gran problema macroeconómico argentino. En el diagnóstico macro coinciden gran parte de los colegas. Y para hacer reformas de fondo y emprender el camino al desarrollo hay que desactivar esa urgencia, para pensar el largo plazo. Una vez que hay cierta estabilización temporal, tenés que poner en juego un consenso muy amplio. Siento que hace falta un liderazgo que juegue su capital político para hacer esas reformas, porque tiene cuestiones distributivas, y sin dudas todos los jugadores relevantes tienen que ser invitados en la mesa. Sin eso, veo difícil llevar adelante las reformas del Estado, lo monetario y el comercio. Tenés una hacienda pública demolida, moneda débil y un sector externo del que no formamos parte. La Argentina es una economía parcialmente cerrada.

-¿Por qué? ¿Qué lo explica?

-Mi sensación es que en la Argentina el estancamiento de los últimos 12 años tiene que ver con esta cuestión pendular sobre la concepción macroeconómica. Por una lado, con un modelo, llamémoslo, más popular, de salarios elevados, tarifas congeladas y dominancia fiscal, que es insostenible desde lo monetario y lo fiscal y necesita cepos para sostenerlo, como lo vivimos entre 2012 y 2015, y lo que vemos ahora, que no funciona. Pero tampoco sirvió confiar excesivamente en que con un contexto político más amable y pro mercado genere inversiones o que la producción de valor agregado surja a borbotones. Cortar el pasto y regar la cancha no es suficiente para que los jugadores salgan y metan tres goles. La Argentina tiene empresas predominantemente pequeñas, mucha informalidad, y todos esos años de cierre de la conexión internacional no generan una cultura de la exportación. El país quiere salir al mundo, nos faltan dólares, pero llevamos muchos años de restricciones a la conexión internacional. Hay una paradoja: es un sistema al que le faltan dólares, pero le pone la pata en el cuello a la conexión internacional. El comercio internacional por naturaleza es bilateral o bidireccional: lo que no podés pretender es no importar, pero exportar muchísimo. Eso no existe. Siento que a veces la expectativa que se tiene en la Argentina es sumar restricciones a las importaciones, que no salgan dólares, y exportar a lo tonto y llenarnos de dólares; y eso no es factible. Y la realidad nos da la razón. Se necesita una conexión internacional más amplia, que genere un cambio también en la cultura empresarial.

-¿En qué sentido?

El comercio no es solo intercambio de bienes y servicios. Es intercambio de información, conocimiento, know how y formas de producción. El comercio es beneficioso más allá del estricto intercambio de divisas y mercadería. Te conecta con el mundo, con formas empresariales más modernas. Pero, nuevamente, para no entrar en esa cosa pendular, hay que ir a una economía más integrada, con políticas comerciales o industriales estratégicas, que generen ciertos incentivos o desincentivos en sectores claves que te interesa proteger parcialmente, en una cantidad de años limitada. Eso lo hacen todos los países.

-¿Cuál es su visión sobre el estancamiento en la creación de empleo formal?

-El empleo registrado asalariado registrado en el sector privado es 20% de la fuerza laboral: un quinto de las personas de entre 16 y 64 años de la Argentina en centros urbanos. Eso es poco. Y es la población que es la crème de la crème en el mercado laboral: gente privilegiada, protegida con derechos y quienes son objeto de la mayor parte de las iniciativas y políticas públicas, como durante la pandemia, cuando se hablaba del teletrabajo, o la negociación colectiva. Después, hay mucha otra gente entre asalariados informales y cuentapropistas. Dentro de ese mundo tenés trabajadores autónomos informales, que hacen changas y no se registran en ningún lado; monotributistas, que son independientes registrados; y profesionales independientes. Es un grupo heterogéneo, con mucho trabajo en condiciones de muy baja protección, porque el monotributo no ofrece ningún tipo de protección relevante. Y el empleo privado está estancado hace muchos años.

-¿A qué se debe?

-Por un lado, por el estancamiento macro en sí mismo. El principal motor del empleo de calidad es una economía pujante, con productividad creciente y buenas expectativas de futuro, al menos en el mediano plazo. Un segundo factor es el rezago en la ley de Contrato de Trabajo, que ya no tiene un estricto correlato con la dinámica veloz del cambio en las modalidades laborales y en el sistema productivo. Esa ley fue pensada en el marco de las relaciones laborales de la segunda mitad del siglo XX, con el empleo enfocado en la producción de bienes físicos, de ir a la oficina o a la fábrica. Y, en los últimos 40 años, la economía fue virando mucho hacia la industria de servicios, con relaciones laborales más autónomas, independientes, más cuentapropistas. Tenemos que dar una respuesta desde lo regulatorio del mercado de trabajo a esas nuevas realidades en las relaciones laborales y modalidades de producción. Son las dos cosas. Sin una economía pujante y productividad creciente no se crea empleo de calidad, y hay margen de pensar qué posibilidades regulatorias existen para la entrada al mercado laboral en condiciones no precarias, como la informalidad y el monotributo, me animaría a decir, porque ese régimen no está cumpliendo la función para la que fue pensado. Es un sistema con muy bajos aportes y muy baja cobertura, y trabajar en esas condiciones no es lo ideal. Necesitamos un paraguas más amplio de protección intermedia, donde haya más aportes, y más aportantes ayudan al saneamiento fiscal, que es la base de gran parte de los problemas.

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