Donald Trump avanza cada vez más sobre la Fed

Su primera movida fue cubrir una de las tres vacantes en la mesa de siete que comanda la Fed. El avance de Donald Trump sobre el banco central de EE.UU. ya se puso en movimiento con la nominación de quien tendrá en sus manos la supervisión bancaria en un entorno regulatorio post-Obama que promete volver rápidamente sobre sus pasos. En junio habrá otra silla vacía con la salida del vice, Stanley Fischer. Y por supuesto, en febrero vence el mandato de la actual presidente, Janet Yellen. Hacía días que circulaba en Wall Street el rumor de que Gary Cohn, un ex Goldman y hoy principal asesor económico de Trump, se estaba preparando para ocupar su oficina. Y ayer el presidente no tuvo otra que referirse al tema. Reconoció que era uno de los «contendientes» pero aclaró de manera poco convincente que Yellen sigue en carrera.

Con la elección de Ronald Quarles, un hombre que viene del mundo de los fondos de inversión, Trump ya venía de poner un pie en la Fed. Antiguo funcionario del Tesoro en la época Bush, estará al frente de la supervisión bancaria, un cargo creado por la ley Dodd-Frank del 2010 para el rol expandido de la Fed en las postrimerías de la mega crisis subprime. Pero Obama nunca se ocupó de nombrar a nadie en un puesto que en la práctica venía desempeñando Daniel Tarullo, uno de los miembros que dejó la Fed en abril.

El próximo gran paso, claro, será reemplazar a Yellen. Hoy pocos creen que Trump vaya a confirmarla, aún cuando eso implicaría ir contra una tradición bastante arraigada. Desde 1979 que un presidente no renueva el mandato de un titular de la Fed elegido por su antecesor, aún cuando fuera de signo político contrario. Así, Reagan confirmó a Volcker, Clinton a Greenspan y Obama a Bernanke. El único precedente es el de Arthur Burns, nombrado por Nixon, a quien el demócrata Jimmy Carter le bajó el pulgar. Pero claro, nadie duda de que a Trump poco le importaría transgredir este código no escrito.

En cambio, difícilmente Yellen deje de honrar la tradición y decida abandonar el organismo de no ser confirmada. Orgullo aparte, lo cierto es que podría permanecer como miembro del «board» hasta el 2024, ya que el mandato es por 14 años. Yellen había sido nombrada «chairman» en febrero del 2014 por cuatro años, aunque antes había servido como vice desde el 2010. Los períodos pueden ser renovados indefinidamente. William Martin, por ejemplo, quien asumió en 1951, batió el récord de permanencia con 19 años como jefe del banco central.

Cohn, el número 2 que se cansó

¿Pero quién es entonces el tal Gay Cohn? Principal asesor económico del presidente (encabeza el National Economic Council), es el candidato que hoy más suena en Wall Street para quedarse con el trabajo de Yellen. Quienes ya pasaron varias en Washington recuerdan cómo en el 2000 Dick Cheney, quien estaba en principio a cargo de buscar un vice para Bush, se terminó quedando con el cargo. Un poco a lo «House of Cards», hoy hay quienes huelen que Cohn, involucrado también en la selección del reemplazo, terminará haciendo la «gran Cheney».

Algo que pone bastante nerviosos a muchos ya que sería una de las raras veces que se elige a alguien sin un fuerte background económico. Tanto Paul Volcker como Alan Greenspan probaron lo importante que es un banquero central que sepa lidiar con Washington. Es algo que Cohn ciertamente maneja, hoy inmerso en la discusión de la reforma tributaria en la Congreso. Pero sus orígenes son como trader. Cohn entró, en efecto, en el departamento de materias primas de Goldman en 1990 pero desde 2006 fue presidente del banco y sucesor natural del Lloyd Blankfein. La historia de pasillo que recoge la prensa estadounidense habla de un Cohn que después de 10 años como número dos y tras la continuidad de Blankfein como capitán del barco incluso después de haber peleado con un linfoma decidió empezar a escuchar propuestas. Las ofertas llegaron. Y un demócrata de toda la vida terminó así en las filas de Trump.

Pero no hay nada inusual en realidad en cómo Goldman Sachs (o «Governement Sachs», como dice el mercado) terminó colándose en el gobierno. Incluso en la gestión de Trump, que en su momento arremetió contra el banco por servir de foro a la candidata demócrata, Hillary Clinton, a la que pagó generosamente por sus presentaciones. Sin ir más lejos, Goldman donó a la campaña de Trump u$s 5000 cuando puso u$s 340.000 para la de Hillary. Pero Trump lo superó hace rato: Stephen Mnuchin, su secretario del Tesoro, es el tercero procedente de Goldman en los últimos años (Henry Paulson fue el de Bush y Robert Rubin, el de Clinton).

Hay otros candidatos en la carrera. Está Kevin Warsh, quien estuvo en la Fed desde 2006 a 2011 y viene de Morgan Stanley. Su mujer es Jane Lauder, heredera del imperio cosmético e hija del amigo de Trump, Ronald Lauder (el menor de los hijos de Estee). Glenn Hubbard, decano de la escuela de negocios de la universidad de Columbia, quien fue economista jefe de Bush de 2001 a 2003, también está en la lista. Y por último John Taylor, profesor la universidad de Stanford, conocido por su regla desarrollada en 1993 que establece una fórmula para determinar el nivel de tasa de referencia en función del estado de la economía y la inflación.

La regla de Taylor está, de hecho, en el corazón de una reforma a la Fed, que para muchos bien podría entenderse como un ataque republicano a su independencia política. Es la «Fed Oversight Reform and Modernization Act», que también se conoce como FORM Act, un proyecto fue aprobado este año en Diputados. Partiendo de la convicción de que los miembros de la Fed gozan de demasiada discrecionalidad a la hora de decidir sobre materia monetaria, se propone la adopción de esta fórmula matemática que, según sus impulsores, evitaría que el mercado tenga que leer entrelíneas comunicados opacos hasta lo críptico y daría total previsibilidad al movimiento de tasas a a partir de los datos económicos disponibles. Si bien prevé la posibilidad de que la Fed elija apartarse de esa regla, contempla en ese caso toda una burocracia de requerimientos de aprobación.

Quienes están del otro bando advierten que de prosperar esta suerte de «micromanaging» de la Fed no sólo se le quitaría flexibilidad analítica sino que se estarían politizando las decisiones del banco. Ya lo dijo Yellen en una carta que le envió al Congreso a fines del 2015: «Esta ley va a exponer a la Reserva Federal a presiones políticas de corto plazo y a dificultar seriamente su habilidad de cumplir con su mandato». Pero Yellen ya está casi afuera.

Cronista

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