¿Un acuerdo con el FMI podría frenar la suba de precios?

La inflación ha sido uno de los principales flagelos de nuestra economía en los últimos cincuenta años. Y aunque hubo períodos donde sus síntomas se mostraron más ocultos, la acumulación sostenida de desequilibrios en los principales precios relativos de la matriz productiva (salarios, capital y bienes o servicios) terminaron mostrando brutalmente su peor cara para la sociedad.

La inflación de las pampas, de origen multicausal, reconoce por lo menos tres causas importantes en su origen:

El desequilibrio fiscal sostenido financiado con emisión monetaria o con endeudamiento no sostenible, es probablemente la más conocida y comentada en los libros clásicos de economía. No es sin embargo la única; y su incidencia sobre los precios es muy diversa de país a país, dependiendo de su historia, tamaño y concentración.

La segunda, mucho menos difundida en el resto del mundo pero de altísimo impacto en nuestro país tiene que ver con el frente externo. El déficit de la balanza de pagos (en criollo, la escasez de dólares) ha sido mucho más peligroso en la Argentina que el déficit fiscal. Una política errática en el movimiento de capitales especulativos ha generado corridas cambiarias recurrentes que se retroalimentaron en una población mentalmente bimonetaria en la concepción de sus ahorros y que hace muchos años decidió refugiarse en el dólar frente al azote sistemático de la inflación. Las sucesivas devaluaciones del peso han terminado siempre en más inflación, menor poder adquisitivo del salario y mayor nivel de pobreza.

La última pero no menos importante, sobretodo en períodos de incertidumbre, radica en la falta de un anclaje de expectativas. Los argentinos mayormente tenemos alta pericia en la auto-cobertura de riesgos financieros y solemos tener comportamientos que sólo contribuyen a “espiralar” más la inflación nominal y a generar menos estabilidad general; el rol del gobierno, empresas y sindicatos en establecer una guía consensuada para ir gradualmente desandando los desequilibrios de la economía en materia de salarios, precios y tarifas, será de vital importancia para lograr una reducción sostenida en el nivel general de los precios.

¿Por qué un buen acuerdo con el FMI podría ser un objetivo virtuoso para todos los agentes económicos? Fundamentalmente porque podría contribuir positivamente en las tres causas que acabamos de identificar como motores inflacionarios.

En primer lugar, nos daría tiempo para no frenar el crecimiento de la economía que este año llegará a recuperar la caída del año de la pandemia; evitando pagos de capital durante un par de años se podrían usar esos recursos para inversión en obra pública que moviliza y reactiva a los principales sectores de la economía. Eso no quita que el esfuerzo fiscal deber ser visible y existen por lo menos algunos espacios de evidentes subsidios innecesarios que deben corregirse con sentido de urgencia.

En segundo lugar, despejaría los impedimentos formales para el ingreso de fondos frescos de organismos multilaterales que nos fortalecerían en el frente externo durante la transición hacia una balanza comercial mucho más superavitaria con exportaciones crecientes (litio, gas, minería, hidrocarburos y nuestras tradicionales súper competitivas industrias del agro, la ganadería y las ciencias del conocimiento).

Finalmente, volver a reinsertarnos plenamente en el mundo financiero nos daría un muy buen apalancamiento en el más delicado de los frentes internos: el del mundo de las expectativas. Un consenso social amplio sobre estos temas, refrendado luego por una amplia mayoría política en el Congreso sería un primer paso de altísimo valor para encaminar la macroeconomía argentina en un sendero de estabilidad e inclusión.

Ambito.com


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